Los Cristeros
“La línea de fuego nos requiere”
Anacleto González Flores
I
Al enfocar la reflexión sobre el devenir y los sucesos del Decreto 1913, nos ayudará a discernir con más criterio histórico, sobre las causas más concretas de la guerrilla cristera de 1926 – 1929.
Anacleto González Flores, como profesional del Derecho y con profundo sentido histórico, percibió en lucidez que una epidemia de mandatos legales sería difundida por el morbo revolucionario.
Tácito, historiador romano, afirmó: “Un pueblo desorientado y corrompido, necesita de muchas leyes”. Y la Revolución, con la ley, “pretendió arrancar el alma viva de sus tradiciones y de sus energías espirituales” (González Flores).
II
Una cascada de decretos llegó a Jalisco, de los mediocres juristas encumbrados por la Revolución: Laiciza la enseñanza, se establece el divorcio; hace cumplir el artículo 130 constitucional y demás artículos constitucionales anticlericales; además Elías Calles solicita al congreso la autorización para penalizar las desobediencias sobre estas materias constitucionales.
Este alud de decretos encontró muros formidables a cual más: a) Un fuerte apostolado por parte del Episcopado; b) La red muy bien organizada de la juventud católica en la ACJM; c) La reacción del pueblo de Jalisco que no había sido enseñado por sus mayores a dejarse uncir y llevar las coyundas y el arado.
Bufonesca, ridícula y farsante resultó la sesión del Congreso Estatal el 31 de mayo de 1918. Los padres conscriptos llegaron a su curul, apercibidos de sus bagajes crítico-histórico-filosóficos, aprendidos en las academias, liceos y universidades de las peluquerías y con los charlatanes de los cafés y de los bares.
Después de una sarta de argumentos y premisas incoherentes y prendidas de algún extravagante sofisma con alfileres, concluyeron en la absurdidad (sic.) por excelencia de las religiones; ergo, fue aprobado el Decreto 1913, puesto en vigor el 3 de julio de 1918. Siendo los intelectualoides: Sebastián Allende y Alberto Macías, protagonistas de la legislación antirreligiosa de ese decreto.
La respuesta fue convertir las casas particulares en templos, quedando el decreto en vacío, evidenciando sólo un fiasco y un ridículo del legislativo, solemne, glamuroso e ignorante, dado por el arzobispo Orozco y Jiménez, que suspendió los cultos.
“La línea de fuego nos requiere”
Anacleto González Flores
I
Al enfocar la reflexión sobre el devenir y los sucesos del Decreto 1913, nos ayudará a discernir con más criterio histórico, sobre las causas más concretas de la guerrilla cristera de 1926 – 1929.
Anacleto González Flores, como profesional del Derecho y con profundo sentido histórico, percibió en lucidez que una epidemia de mandatos legales sería difundida por el morbo revolucionario.
Tácito, historiador romano, afirmó: “Un pueblo desorientado y corrompido, necesita de muchas leyes”. Y la Revolución, con la ley, “pretendió arrancar el alma viva de sus tradiciones y de sus energías espirituales” (González Flores).
II
Una cascada de decretos llegó a Jalisco, de los mediocres juristas encumbrados por la Revolución: Laiciza la enseñanza, se establece el divorcio; hace cumplir el artículo 130 constitucional y demás artículos constitucionales anticlericales; además Elías Calles solicita al congreso la autorización para penalizar las desobediencias sobre estas materias constitucionales.
Este alud de decretos encontró muros formidables a cual más: a) Un fuerte apostolado por parte del Episcopado; b) La red muy bien organizada de la juventud católica en la ACJM; c) La reacción del pueblo de Jalisco que no había sido enseñado por sus mayores a dejarse uncir y llevar las coyundas y el arado.
Bufonesca, ridícula y farsante resultó la sesión del Congreso Estatal el 31 de mayo de 1918. Los padres conscriptos llegaron a su curul, apercibidos de sus bagajes crítico-histórico-filosóficos, aprendidos en las academias, liceos y universidades de las peluquerías y con los charlatanes de los cafés y de los bares.
Después de una sarta de argumentos y premisas incoherentes y prendidas de algún extravagante sofisma con alfileres, concluyeron en la absurdidad (sic.) por excelencia de las religiones; ergo, fue aprobado el Decreto 1913, puesto en vigor el 3 de julio de 1918. Siendo los intelectualoides: Sebastián Allende y Alberto Macías, protagonistas de la legislación antirreligiosa de ese decreto.
La respuesta fue convertir las casas particulares en templos, quedando el decreto en vacío, evidenciando sólo un fiasco y un ridículo del legislativo, solemne, glamuroso e ignorante, dado por el arzobispo Orozco y Jiménez, que suspendió los cultos.